Existían
dos reglas que regían mi poder y era fundamental conocer estas para comprender
mi inusual habilidad:
1.- Si
yo quiero, al tocar un objeto este se convertirá en una canica.
2.-Si
también lo deseo, podré revertir este cambio tocando la canica
La verdad es que esta cualidad resulta
serme de gran utilidad. No hay necesidad de tirar cosas que ocupan gran espacio
en mi casa; con el mero roce de mi mano, el mueble, prenda o lámpara
se transformará en una pequeña bolita de cristal verde. También sirve para
entretener (pero, claro, nunca me excedo con mis trucos por más que quisiera asombrar
a alguien). Algo pequeño, como un lápiz se esconde entre mis manos y al revelar
su interior, el
utensilio ahora se ha vuelto una canica. Me considero único
en el mundo, pues sé
que nadie es capaz de hacer lo que yo hago. Más
no revelo mi talento a la gente, no sería capaz de comprenderlo y claro está
que, aunque la probabilidad de que me adoren como a un dios no se descarte, lo más
posible es que las multitudes me tuvieran miedo. Y no se les puede culpar: la
magnificencia, cuando es tan absoluta, puede hasta generar rechazo. ¡Qué
desdicha la mía! Me he visto castigado con esta bendición. Pero debo ser
resiliente y atesorar este regalo que solo a mí, como el elegido que soy, se me
ha otorgado. El otro día tuve la tentativa de demostrar lo que mi poder era
capaz de hacer y ¡menos mal que este está en manos adecuadas!; la mente humana
es frágil ante la provocación; no la mía. claro.
Caminaba tranquilo por la calle,
saludaba a las mujeres que posaban su mirada en mí
y sonreía a los hombres que me miraban con recelo. Fue entonces cuando pasé
cerca de una calle desierta. Al fondo pude observar a una mujer acorralada
contra la pared y a su agresor, que le gritaba mientras levantaba el puño
gritando no sé qué de dinero y el bolso. No necesité tiempo para saber lo que
debía hacer: me di la vuelta inmediatamente y me marché. Un dios como yo no se
puede permitir intervenir en conflictos tan mundanos como estos. Claro estaba
que mi fuerza era tan inmensa que, si hubiese hecho algo al respecto, no solo podría
haber matado al hombre, sino que la mujer también se habría visto malparada. Me
duele no poder ayudar, pero ¿que se le va a hacer?
Esta mañana
llegué al trabajo un poco tarde. Sí, aunque parezca extraño tengo un trabajo. Al
fin y al cabo he de mantener las apariencias. Mi jefe acabó llamándome la
atención ¡y que escena más desagradable! Sentí tristeza, pues si supiese de mi
poder y superioridad,
se caería de vergüenza. La escena ocupó mi
mente el tiempo que duró el sermón, por lo que no presté especial atención a
las palabras de mi jefe (en el fondo daba igual, pues hablarme en ese tono de
por sí ya era un error). Finalmente me senté en la mesa (mi puesto era el de
contable de una empresa de papelerías), pues una de mis innumerables virtudes
eran las matemáticas.
Acabé
saliendo del trabajo un poco más pronto de lo habitual, No aguantaba más aquel
trabajo, ¡era tan aburrido!, y claramente no me satisfacía intelectualmente. Yo
aspiraba a
algo más grande. Una pena que la gente no
viera eso. Justo cuando cruzaba la puerta que daba a la calle el jefe gritó mi
nombre a la vez que bajaba con rapidez las escaleras. Salió conmigo a la calle y comenzó
a gritar. ¡Que desastre! No se daba cuenta de que molestaba a otras personas
con sus alaridos. Decía que esto ya no podía continuar, que estaba harto (yo también
lo estaba, pero no me ponía a gritar). En el fondo me daba pena, pues no era consciente de con quién
estaba hablando. Traté de calmarlo, pero el hombre estaba demasiado agitado fue ahí
cuando dijo que estaba despedido. ¿Cómo se atrevía? Es que este hombre estaba tan ciego, incapaz de
apreciar el bello encanto de mi grandeza. Fue ahí
cuando me di cuenta.
¡Claro!
No estaba ciego, sino que la envidia lo dominaba. Mis ojos se posaron sobre una
criatura disfrazada con ingenuidad, cuando el verdadero color de su piel era el
de celo y el odio: una mente frágil que se había dejado dominar por el mal. No
podía permitir la existencia de esta persona; era algo repugnante. Si sentía
desprecio por el ser superior que yo era, no podía imaginar cómo trataría a sus
demás empleados, sus amigos, su esposa e hijos. Era mi deber erradicar tal
abominación. Asentí, me disculpé y con una sonrisa le ofrecí la mano en gesto
de despedida.