Todavía siento el aire rozando mi cara, mis ojos cerrados y mi rostro bañado por esos últimos rayos de luz. Todos mis esfuerzos estaban enfocados en una simple acción: respirar. Estuve sentada en ese banco al menos media hora. Ese día, el tiempo se detuvo para mí. Ni siquiera me percaté cuando él se sentó a mi lado.
—¿Qué vamos a hacer? —pregunté con el único hilo de voz que podía sacar.
—Confiar. —Me agarró fuerte la mano—. Y no perder la esperanza.
Me pareció increíblemente llamativo que una palabra que hasta ese momento no se diferenciaba del resto ahora supusiera tanto. Esperanza. ¡Qué difícil de tener y de mantener cuando realmente se necesita y que miedo a perderla! Han trascurrido dos años desde que viví ese día hasta hoy. Y aquí estoy ahora. Me tiembla todo el cuerpo. No sé si reír o llorar, o ambas cosas a la vez. Le miró desde el fondo del pasillo.
—Jaime.
—Dime, cariño. —Se aproxima a mí al ver mi cara desencajada—. ¿Estás bien?
No puedo hablar, no me salen las palabras. Me falta el aire. Solo puedo hacer un gesto, uno que había hecho millones de veces, pero esta vez con distinto resultado.
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